Rambling on my muse
Esta mañana me contaron que las musas acuden al llamado del sonido de los teclados. Me dijeron que para ellas es tan inevitable e irresistible como para los marinos el llamado de las sirenas (aunque lo mismo le dijeron a Ulises, y ya ven cómo le fue).
Pues me la han colado. Por más ruido que hago con el que tengo a mano, mi musa aún no ha llegado. Se habrá quedado atorada en el tráfico de esta vil acumulación de caseríos que algunos se atreven a llamar ciudad.
Ya hace cierto tiempo que esta musa en particular y yo no nos hablamos. La última vez que la ví, me parece, estaba yo sentado en una banca de la avinguda Mistral, y esa tarde tuvimos una placentera y fructífera conversación sobre las diferencias entre las sociedades de primer y tercer mundo y cómo estas diferencias inciden en la manera en que cada una educa/instruye a sus jóvenes, que no es lo mismo. Pero eso fue en otra vida.
Yo creo que, aunque veladamente, mis opiniones le hicieron enojar, pues desde entonces no me ha vuelto a visitar, y mira que dejamos pendiente una historia que prometía ser interesante, pero que finalmente no llegó a ningún lado.
En fin, seguiré esperando a que me encuentre para decirle, en palabras de Tarantino: “You and I have unfinished business”. A ver si no me revienta la cara por atrevido.
Aunque eso, ya sería ganancia.